A esas horas el pueblo entero era para ellos.
Se respiraba una calma tan intensa
que resultaba incómoda —forzando su visión periférica y una sonrisita gentil,
Teresa adujo que quizá se debiera a la decena de ojos que se clavaban sobre
ellos al atravesar la plaza principal.
Casi podía oír los pudorosos grititos
ahogados: una chica entre dos hombres, apenas escondiendo su feminidad bajo un vestido
veraniego que estaba lejos de cubrirle las rodillas y cuyo escote era tan (impudicamente) amplio que revelaba el
corpiño de su trikini turquesa. El chico a su lado que insistía en enseñar su
cuerpo también era un espectáculo en sí mismo, pero los vecinos ya estaban
acostumbrados a ver a Fernando pasearse con su envidiable torso desnudo. Del
otro adolescente le resultaba difícil hacer comentarios picajosos —sólo acudía
a la mente el de que su cuello era demasiado largo para lo pequeño de su cabeza
y que el corte de su remera no ayudaba a disimularlo. Si uno quería ponerse
quisquilloso, siempre había algún gesto a señalar.
Quedaba poco de sus helados cuando alcanzaron
el almacén y quedaron pocos abastecimientos cuando salieron de él —cada uno
llevaba entre dos y tres bolsas, cargadas y pesadas.
—¿Es necesario que todo lo que cocines sea gourmet? —protestó Gino.
—Que yo sepa, nunca tuve que obligarte a que
te sirvieras un segundo plato —repuso Fernando, con una desafiante sonrisita de
suficiencia. —Si te dejás de quejar, puede que considere no hacer rústicas las
papas fritas.
—¡Se calla, se calla! —exclamó Teresa,
pasando el peso de las bolsas a una mano para poder tapar la boca de su amigo.
—¡La voz del diablo se oye en nuestra Tierra!
—chilló entonces el teléfono de Martín, sobresaltándola.
—¿Me lo leés?
Con absoluta
naturalidad, Teresa metió la mano en el bolsillo del short de baño de Martín y
sacó el celular. Resolvió el patrón de
desbloqueo y dejó escapar algo entre un chiflido y un silbido.
—¡Es de
Ce-les-te! —anunció, burlona. —«Mañana vuelve a empezar La Forza. La clase es a
las cinco, pero si querés nos podemos ver un toque antes así no se te hace tan
raro. ¿Te copa?» —Martín asintió. —Esa es mi traducción, porque a esta chica
parece que no le gustan las vocales. ¿Qué son esos dos puntos pe que intercala
entre casi cada palabra? —Fernando abrió mucho los ojos y sacó la lengua hacia
un costado, en una expresión ridícula que desprendió risas de sus amigos.
—Okey, entiendo. ¿Entonces va en serio eso de hacer comedias musicales?
—Supongo que sí
—replicó Martín, desviando la vista al frente. —Cuando Cito me decía Tommy yo
creía que era una especie de chiste porque me gustaba mucho el disco y el
pinball que estaba en Arcadia, pero en realidad era una manera encubierta de
decir que yo estaba ciego, sordo y, por ende, mudo ante quién era él en
realidad. Si quiero respuestas tengo que ir a ese taller.
—¿Y el chico raro
del videoclub? —inquirió Fernando con sobriedad, saltando frente a su amigo y
obligándolo a detenerse y verlo a los ojos. —¿Qué fue lo que te dijo que ahora estás
tan decidido a hacer algo que hasta tres meses atrás pensabas que era lo más
estúpido del mundo?
Teresa lo fulminó
con la mirada y acarició el hombro caído de Martín.
—Me dijo el
precio de la cuota y que Cito era un tarado y un cagón, y que era mejor que me
alejara del centro cultural —sus amigos guardaron un incómodo silencio. —Pero
no le creo —aseveró, levantando la cabeza y afirmando sus ojos sobre el
horizonte. —Celeste me dijo que, como él es el único que se anima a cantar en
falsete, se va a quedar con la canción de Cito. El tema es que yo también puedo hacerlo, y supongo que por
eso me quiere lejos, para que no le saque Memory.
—Entonces, ¿vas
para vengarlo? —dijo Teresa.
—Algo así
—replicó Martín, reemprendiendo el paso. —Para eso e investigar. Mato dos
pájaros de un tiro.
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