A los dieciocho años, Roberto descubrió
que le gustaba mentir. To
—abreviatura de Roberto— lo supo tras años de muy efectivas mentiras. Tenía la
convicción de que mentir era algo completamente natural, disfrutaba exagerando
detalles y se enorgullecía de la manera en que lograba decorar un hecho
ocultando algunas de las vergonzosas verdades
implicadas.
Hasta los quince, la mayor parte de sus
mentiras se habían desarrollado en talleres de teatro, pero, tras un accidente
en el que sus piernas habían quedado temporalmente lisiadas, había dejado de mentir
conscientemente. Seis meses después
ya se encontraba en perfecto estado físico —y negándose rotundamente a volver
al escenario. El incidente había ocurrido en el trayecto de ida a un ensayo y
Roberto lo consideró una señal del Destino, que le aconsejaba que lo mejor para
él sería alejarse de las mentiras. Y
lo había hecho, por el espacio de dos semanas. Lentamente, había recuperado su
capacidad de mentir y llegado a sentir un pequeño placer por ello. Entonces no
eran más que mentiritas piadosas; en la tarde de su hallazgo pronunciaría su
primera mentira constructiva.
Estaba en un examen oral de inglés, el
primero en el que tenía un manejo suficiente como para cambiar sus réplicas
bisilábicas por respuestas de complejidad considerablemente mayor. Por efecto
del maratón de series que había visto por televisión, se sentía poderosamente capaz. Había repasado
todas las estructuras que conocía y memorizado incluso más vocabulario del
planteado en las unidades evaluadas. Cuando la profesora le preguntó por su
familia, mintió poderosamente. Sintió
un escalofrío cálido recorrerle el cuerpo a medida que construía un relato,
rellenando sobre la marcha los huecos que se iban formando, aprovechándose de
los momentos en los que la docente no comprendía algo para reformularlo incluso
más grande.
Con ojos vidriosos, explicó que su
padre llevaba dos noches fuera de casa y que su madre se había colgado en el
living hacía tres meses, encontrándose él temporalmente bajo el cuidado de su
hermano mayor. Intercaló unas inspiraciones profundas para aportar mayor dramatismo a su historia, e hizo de cada
respiración entrecortada una muletilla para hacer tiempo a reconstruir algo más. En un gesto perfectamente medido, sacudió la
cabeza y miró el techo al tiempo que tragaba pesadamente para «no llorar».
Obtuvo un abrazo y un nueve cincuenta.
Corrió a casa a contarle a su madre, le envió un mensaje de texto a su padre —que
se encontraba en un viaje de trabajo— y finalmente se echó en el segundo y
último dormitorio de la casa.
Se durmió casi al instante, sintiendo
algo del éxtasis anestesiante que experimentaba tras salir de escena.
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