Los últimos rayos de sol acariciaban sus
cuerpos tendidos en el pasto. Cada tanto uno de ellos reía y su abdomen se
contraía, pero por lo pronto no había más movimiento que el ligero sacudir del
único —y miserable— árbol en toda la casa de fin de semana de Fernando. En un extremo
del complejo, el triste pino proyectaba su sombra, ya diluida en el atardecer;
una pileta olímpica lo separaba de los tres chicos, de la misma manera que un
par de horas los distanciaba a ellos del inicio del segundo cuatrimestre. Aquel
día había sido uno de los tantos oasis deliciosamente abrasantes durante el
invierno y sus miembros, ya acostumbrados a la dulce lamida del sol, se negaban
a moverse. ¿Con qué fin resignar su paz?
Un hilillo de música, indistinguible entre el
ruido de autos despidiéndose del pueblo de Tristecia y el sonido de sus propias
risas, formaba una telaraña translúcida sobre el jardín delantero. Habían
decidido hacer una lista de reproducción equitativa y podía estar sonando
cualquier cosa.
Teresa suspiró el aire limpio y cerró los
ojos. Eran cerca de las cinco y media, hora a la cual solían empezar a recoger
sus cosas y aprontar la casa, pero sus mochilas seguían a una sana distancia de
sus manos. Un manto de (paja) vagancia
casi palpable los cubría, clavándolos al suelo. En un pensamiento (evanescen ce te) sin consistencia,
sintiendo aquella pesadez inusitada paralizándole las piernas, se dijo que era
como si su cuerpo supiera cómo podrían precipitarse los acontecimientos si
osaba levantarse —y actuaba en consecuencia.
—¿Alguien más tiene problemas para
levantarse? —preguntó al cielo, incapaz de torcer la cabeza.
—Sí —farfulló Martín, con un mechón del pelo
de la chica metiéndosele en la boca y en los ojos.
—Nah —repuso Fer, rascándose el testículo
izquierdo a través de su sunga con la mano que no tenía bajo la cabeza,
despreocupado de que alguien lo observara juicioso.
Hubo una pausa en la que ninguno dijo nada;
sólo el sonido del contacto de la licra y una uña comida quebraba el silencio.
Tere quería decir algo más, pero tenía que volver a reunir energía para un
nuevo esfuerzo.
—Si nos apuramos, podemos alcanzar el
colectivo de las seis —dijo el dueño de casa, regresando la mano bajo su cabeza
una vez finalizada su tarea. —El que le sigue sale recién a las nueve —agregó.
Tras una segunda tanda, esta vez de silencio
absoluto, dijo:
—¿Quién quiere helado?
Como ajenos al resto de sus cuerpos, los brazos
de sus amigos se levantaron, vehementes, y luego siguieron sus piernas.
—¿Comemos acá o en el colectivo? —preguntó
Martín, con sus facciones rubicundas finalmente libres.
—Podemos hacer la comida acá —propuso Teresa,
luchando por acomodándose la remera, aún mojada tras haber sido arrojada a la
pileta a medio desvestir— y comerla en el… ¡Fernando dejá de rascarte ahí! ¡Es asqueroso!
El chico resopló y, echando a girar los ojos
y la cabeza, se puso de pie en un único gesto —«Allez-hop!», anunció a mitad de su salto—, ridículamente
gimnástico. Le extendió la mano a su amigo, que la rechazó y procedió a
retorcerse hasta encontrar una posición desde la cual poder levantarse.
—No puedo saber con qué mano estabas
tocándote los huevos ni pienso arriesgarme a averiguarlo —dijo Martín con una
sonrisa.
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