domingo, 15 de junio de 2014

musical MENTE - 1.1



Los últimos rayos de sol acariciaban sus cuerpos tendidos en el pasto. Cada tanto uno de ellos reía y su abdomen se contraía, pero por lo pronto no había más movimiento que el ligero sacudir del único —y miserable— árbol en toda la casa de fin de semana de Fernando. En un extremo del complejo, el triste pino proyectaba su sombra, ya diluida en el atardecer; una pileta olímpica lo separaba de los tres chicos, de la misma manera que un par de horas los distanciaba a ellos del inicio del segundo cuatrimestre. Aquel día había sido uno de los tantos oasis deliciosamente abrasantes durante el invierno y sus miembros, ya acostumbrados a la dulce lamida del sol, se negaban a moverse. ¿Con qué fin resignar su paz?
Un hilillo de música, indistinguible entre el ruido de autos despidiéndose del pueblo de Tristecia y el sonido de sus propias risas, formaba una telaraña translúcida sobre el jardín delantero. Habían decidido hacer una lista de reproducción equitativa y podía estar sonando cualquier cosa.
Teresa suspiró el aire limpio y cerró los ojos. Eran cerca de las cinco y media, hora a la cual solían empezar a recoger sus cosas y aprontar la casa, pero sus mochilas seguían a una sana distancia de sus manos. Un manto de (paja) vagancia casi palpable los cubría, clavándolos al suelo. En un pensamiento (evanescen ce te) sin consistencia, sintiendo aquella pesadez inusitada paralizándole las piernas, se dijo que era como si su cuerpo supiera cómo podrían precipitarse los acontecimientos si osaba levantarse —y actuaba en consecuencia.
—¿Alguien más tiene problemas para levantarse? —preguntó al cielo, incapaz de torcer la cabeza.
—Sí —farfulló Martín, con un mechón del pelo de la chica metiéndosele en la boca y en los ojos.
—Nah —repuso Fer, rascándose el testículo izquierdo a través de su sunga con la mano que no tenía bajo la cabeza, despreocupado de que alguien lo observara juicioso.
Hubo una pausa en la que ninguno dijo nada; sólo el sonido del contacto de la licra y una uña comida quebraba el silencio. Tere quería decir algo más, pero tenía que volver a reunir energía para un nuevo esfuerzo.
—Si nos apuramos, podemos alcanzar el colectivo de las seis —dijo el dueño de casa, regresando la mano bajo su cabeza una vez finalizada su tarea. —El que le sigue sale recién a las nueve —agregó.
Tras una segunda tanda, esta vez de silencio absoluto, dijo:
—¿Quién quiere helado?
Como ajenos al resto de sus cuerpos, los brazos de sus amigos se levantaron, vehementes, y luego siguieron sus piernas.
—¿Comemos acá o en el colectivo? —preguntó Martín, con sus facciones rubicundas finalmente libres.
—Podemos hacer la comida acá —propuso Teresa, luchando por acomodándose la remera, aún mojada tras haber sido arrojada a la pileta a medio desvestir— y comerla en el… ¡Fernando dejá de rascarte ahí! ¡Es asqueroso!
El chico resopló y, echando a girar los ojos y la cabeza, se puso de pie en un único gesto —«Allez-hop!», anunció a mitad de su salto—, ridículamente gimnástico. Le extendió la mano a su amigo, que la rechazó y procedió a retorcerse hasta encontrar una posición desde la cual poder levantarse.

—No puedo saber con qué mano estabas tocándote los huevos ni pienso arriesgarme a averiguarlo —dijo Martín con una sonrisa.

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